"Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."
Fragmento del capítulo 93 de Rayuela de Julio Cortázar.

Las heridas que guarda el sol
en su espalda repleta de lunares,
que nunca se ven;
se abren a la oscuridad de su quebranto
de voz seca,
para acariciar a quienes no lo quieren ver
vomitar su música.

M. C.



Diesiséis ventanas bajo el mar,
ocho habitaciones llenas de luz,
tres cocinas sin horno,
para que se enfríen más rápido las comidas;
veinte canas en el sofá.

M. C.


M. C.

Delicia de pájaros
que no quieren
caer ni aterrizar
nunca de los nunca
jamases.

M. C.



M. C.

Desatar (me)
los cordones
de la garganta.

M. C.



Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

Julio Cortázar.

Toda la inmensidad del diáfano y púrpura cielo
ya no es suficiente distracción,
y ni a las nubes,
llenas de infinitas gamas de rosas y furor,
parece importarles
que acá se atan a los escalofríos,
a los miedos, vergüenzas,
temores y rencores,
y se apagan
las estrellas

una

por

una.

M. C.



Y alguien que no sabés quien,
ni por qué,
te roba todo despiadadamente

sin
darte
cuenta.

M. C.




Pequeña muerte

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele.
Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

Eduardo Galeano.


M. C.


El corazón
es la isla
más antigua y sola,
los peces de siempre
lloran por ella
y en vez de salvarla
le dan
su condición
de isla.

Julio Leite.

M. C.

Y por querer ser todo, termina no siendo nada.

M. C.

¿Para qué preguntarse
todo lo que da vuelta
tu cabeza,
patas arriba,
sueños rozando el suelo,
donde sólo somos virtud del viento,
de las flores
(gracias)
de la música,
del silencio de mares,
últimas palabras
de los encarnados pedazos de ansiedad
en piedra que, con arrogancia
se bañan en sus pesares ahogados,
descalzos y tiesos del frío?

M. C.


M. C.

Dijo
que cuando explotara,
avisaría al abismo
desde a dentro de la Tierra
de las vueltas sin salida
ni traiciones.
Hundidos en cultivos
de malas rachas,
para olvidar,
para crecer,
rescatarnos del andén
que a su vez,
se mece en las pupilas
de su estrellado cielo
a punto de tirarse del balcón;
a solas con el viento
en silencio de ciudad
de pájaros.

M. C.