
Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.
Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.
Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.
Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.
Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.
Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.
Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.
Y me tropiezo con sus colmillos,
viejos,
achacados por tanto camino, pies cansados;
pareciera que nunca termina esta colina de inmensos pastos
donde el sol escupe frívolamente sus doradas ansias
de querer llevárselo todo.
Nadie sabe nada, no ven nada.
Vuelve a sujetarme con fuerzas
ese viento sordo que no me deja volver.
Vuelven a amarrarme la angustia, la duda, la fragilidad.
La ansiedad, alegría, ganas de volar.
Ya no quiero volver.
viejos,
achacados por tanto camino, pies cansados;
pareciera que nunca termina esta colina de inmensos pastos
donde el sol escupe frívolamente sus doradas ansias
de querer llevárselo todo.
Nadie sabe nada, no ven nada.
Vuelve a sujetarme con fuerzas
ese viento sordo que no me deja volver.
Vuelven a amarrarme la angustia, la duda, la fragilidad.
La ansiedad, alegría, ganas de volar.
Ya no quiero volver.
ÁNGELUS
Quién me iba a decir que el destino era esto
Ver la lluvia a través de letras invertidas,
un paredón con manchas que parecen prohombres,
el techo de los ómnibus brillantes como peces
y esa melancolía que impregna las bocinas.
Aquí no hay cielo,
aquí no hay horizonte.
Hay una mesa grande para todos los brazos
y una silla que gira cuando quiero escaparme.
Otro día se acaba y el destino era esto.
Es raro que uno tenga tiempo de verse triste:
siempre suena una orden, un teléfono, un timbre,
y, claro, está prohibido llorar sobre los libros
porque no queda bien que la tinta se corra.
Quién me iba a decir que el destino era esto
Ver la lluvia a través de letras invertidas,
un paredón con manchas que parecen prohombres,
el techo de los ómnibus brillantes como peces
y esa melancolía que impregna las bocinas.
Aquí no hay cielo,
aquí no hay horizonte.
Hay una mesa grande para todos los brazos
y una silla que gira cuando quiero escaparme.
Otro día se acaba y el destino era esto.
Es raro que uno tenga tiempo de verse triste:
siempre suena una orden, un teléfono, un timbre,
y, claro, está prohibido llorar sobre los libros
porque no queda bien que la tinta se corra.
Mario Benedetti

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