Y de repente, y sin dar explicaciones,
los murciélagos destiñen el cielo
que ya no flota sobre nosotros,
tendido como las prendas
que cuelgan de la soga del balcón
hace dos semanas
esperando ser descolgadas
como la cabeza que escribe tan deprisa
estas torpes palabras bruscas y toscas,
reventadas contra la tierra seca de esa planta
que envidia a los pájaros y a los enamorados
de ojos vidriosos y besos sin carne ni huesos.

M.C.

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